Alejandra Pizarnik (1936-1972),
escritora argentina, nacida en Buenos Aires. Hija de inmigrantes judíos
procedentes del este de Europa, gran parte de su familia murió en el holocausto
nazi. Residió en París, trabajando en la revista Diógenes, y en los Estados
Unidos, becada por las fundaciones Fullbright y Guggenheim. Trabó amistad con
importantes figuras literarias como Octavio Paz, Julio Cortázar y André Pierre
de Mandiargues, e hizo también trabajos de traducción.
Desde su precoz comienzo con La tierra más ajena (1955), fue
celebrada como una de las principales voces líricas de su generación. Su
actitud de meditación de la palabra sobre sí misma, infrecuente en la poesía
argentina (salvo excepciones como Alberto Girri y Roberto Juarroz), unida a sus
obsesiones sobre la magia de la infancia y el narcisismo de la identidad, hacen de ella una personalidad singular que junto a tensión íntima, lirismo desbordante y fuerza expresiva caracterizan su poética
El 25 de septiembre de 1972, a los 36 años, puso fin a su vida
ingiriendo cincuenta pastillas de seconal sódico. Olga Orozco, gran amiga de
Alejandra, a su muerte escribió para ella Pavana del hoy para una infanta
difunta que amo y lloro.
Entre sus libros de poemas: La última inocencia (1956), Las
aventuras perdidas (1958), Arbol de Diana (1962), Los trabajos y
las noches (1965), Extracción de la piedra de locura (1968) y El
infierno musical (1971). En prosa se le debe el relato La condesa sangrienta (1971).
PAVANA DEL HOY PARA UNA
INFANTA DIFUNTA QUE AMO Y LLORO
A Alejandra Pizarnik
Pequeña centinela,
caes una vez más por la ranura
de la noche
sin más armas que los ojos
abiertos y el terror
contra los invasores
insolubles en el papel en blanco.
Ellos eran legión.
Legión encarnizada era su
nombre
y se multiplicaban a medida
que tú te destejías hasta el último hilván,
arrinconándote contra las
telarañas voraces de la nada.
El que cierra los ojos se
convierte en morada de todo el universo.
El que los abre traza las
fronteras y permanece a la intemperie.
El que pisa la raya no
encuentra su lugar.
Insomnios como túneles para
probar la inconsistencia de toda realidad;
noches y noches perforadas por
una sola bala que te incrusta en lo oscuro,
y el mismo ensayo de
reconocerte al despertar en la memoria de la muerte:
esa perversa tentación,
ese ángel adorable con hocico
de cerdo.
¿Quién habló de conjuros para
contrarrestar la herida del propio nacimiento?
¿Quién habló de sobornos para
los emisarios del propio porvenir?
Sólo había un jardín: en el
fondo de todo hay un jardín
donde se abre la flor azul del
sueño de Novalis.
Flor cruel, flor vampira,
más alevosa que la trampa
oculta en la felpa del muro
y que jamás se alcanza sin
dejar la cabeza o el resto de la sangre en el umbral.
Pero tú te inclinabas igual
para cortarla donde no hacías pie,
abismos hacia adentro.
Intentabas trocarla por la
criatura hambrienta que te deshabitaba.
Erigías pequeños castillos
devoradores en su honor;
te vestías de plumas
desprendidas de la hoguera de todo posible paraíso;
amaestrabas animalitos
peligrosos para roer los puentes de la salvación;
te perdías igual que la
mendiga en el delirio de los lobos;
te probabas lenguajes como
ácidos, como tentáculos,
como lazos en manos del
estrangulador.
¡Ah los estragos de la poesía
cortándote las venas con el filo del alba,
y esos labios exangües
sorbiendo los venenos de la inanidad de la palabra!
Y de pronto no hay más.
Se rompieron los frascos.
Se astillaron las luces y los
lápices.
Se desgarró el papel con la
desgarradura que te desliza en otro
laberinto.
Todas las puertas son para
salir.
Ya todo es el revés de los
espejos.
Pequeña pasajera,
sola con tu alcancía de
visiones
y el mismo insoportable
desamparo debajo de los pies:
sin duda estás clamando por
pasar con tus voces de ahogada,
sin duda te detiene tu propia
inmensa sombra que aún te sobrevuela en busca de otra,
o tiemblas frente a un insecto
que cubre con sus membranas todo el caos,
o te amedrenta el mar que cabe
desde tu lado en esta lágrima.
Pero otra vez te digo,
ahora que el silencio te
envuelve por dos veces en sus alas como un manto:
en el fondo de todo jardín hay
un jardín.
Ahí está tu jardín,
Talita cumi.
Olga Orozco
(1920-1999)
(1920-1999)
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