miércoles, 25 de febrero de 2015

Dos poemas de Ángela Figuera Aymerich




ÉXODO

Una mujer corría.
Jadeaba y corría.
Tropezaba y corría.
Con un miedo macizo debajo de las cejas
y un niño entre los brazos.

Corría por la tierra que olía a recién muerto.
Corría por el aire con sabor a trilita.
Corría por los hombres erizados de encono.

Miraba a todos lados.
Quería detenerse.
Sentarse en un ribazo y con su hijo menudo.
Sentarse en un ribazo y amamantar en paz.

Pero no hallaba sitio.
No encontraba reposo.
No lograba la pausa sosegada y segura
que las madres precisan.
Ese viento apacible que jamás se interpone
entre el pecho y el labio.

Buscaba cerca y lejos.
Buscaba por las calles,
por los jardines y bajo los tejados,
en los atrios de las iglesias,
por los caminos desnudos y carreteras arboladas.
Buscaba un rincón sin espantos,
un lugar aseado para colocar una cuna.

Y corría y corría.
Dio la vuelta a la tierra.
Buscando.
Huyendo.
Y no encontraba sitio.
Y seguía corriendo.

Y el niño sollozaba débilmente.
Crecía débilmente
colgado de su carne fatigada.

                                                       Ángela Figuera Aymerich             
                                                             (Bilbao, 1902- 1984)
                            LIBERTAD


                                                            Crecieron así seres de manos atadas

                                                                            Empédocles

A tiros nos dijeron: cruz y raya.
En cruz estamos. Raya. Tachadura.
Borrón y cárcel nueva. Punto en boca.

Si observas la conducta conveniente,
podrás decir palabras permitidas:
invierno, luz, hispanidad, sombrero.
(Si se te cae la lengua de vergüenza.
te cuelgas un cartel que diga “mudo”,
tiendes la mano y juntas calderilla.)

Si calzas los zapatos según norma,
también podrás cruzar a la otra acera
buscando el sol o un techo que te abrigue.

Pagando tus impuestos puntualmente,
podrás ir al taller o a la oficina,
quemarte las pestañas y las uñas,
partirte el pecho y alcanzar la gloria.

También tendrás honestas diversiones.
El paso de un entierro, una película
de las debidamente autorizadas,
fútbol del bueno, un vaso de cerveza,
bonitas emisiones en la radio
y misa por la tarde los domingos.

Pero no pienses “libertad”, no digas,
no escribas “libertad”, nunca consientas
que se te asome al blanco de los ojos,
ni exhale su olorcillo por tus ropas,
ni se prenda a un rizo del cabello.

Y , sobre todo, amigo, al acostarte
no escondas “libertad” bajo tu almohada
por ver si sueñas con mejores días.
No sea que una noche te incorpores
sonanmbulando “libertad”, y olvides,
y salgas a gritarla por las calles,
descerrajando puertas y ventanas,
matando los serenos y los gatos,
rompiendo los faroles y las fuentes,
y el sueño de los justos, porque entonces,
punto final, hermano, y Dios te ayude.

                                              Ángela Figuera Aymerich     

                                               De  Belleza cruel  (1958)










Ángela Figuera Aymerich


Ángela Figuera Aymerich nació en Bilbao el 30 de octubre 1902. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid, fue catedrática de Lengua y Literatura en los Institutos de Huelva, Alcoy y Murcia. Finalizada la guerra, perdió su plaza y título universitario por haber apoyado al bando republicano y confiscaron sus bienes  y los  de su familia. En 1952 comenzó a trabajar en la Biblioteca Nacional de Madrid, y algo  más tarde se incorporó al servicio de bibliobuses, que trataba de acercar la cultura a los barrios marginales y periféricos de Madrid. A lo largo de todos esos años Ángela actuó como intelectual disidente, crítica con el franquismo,  incluso llegó a publicar en el extranjero cuando consideró que la censura podía recortar su trabajo.

Mujer de barro  editado en 1948 fue su primer libro, al que siguieron luego Soria pura (1949), Vencida por el ángel  (1951) El grito inútil (1952),  Los días duros (1953)  Belleza cruel (1958), Toco la tierra. Letanías (1962) Cuentos tontos para niños listos (1979)

No sólo contempla a la mujer como esposa y madre de familia sino como sujeto activo del cambio social. Después de una etapa de  poesía desarraigada, claramente existencialista, desarrolló otra etapa de marcado sentido social junto a poetas como Gabriel Celaya y de Blas de Otero, ecritores vascos como ella misma; a este respecto hay que señalar que la escritora no se identicó plenamente con los planteamientos de Celaya y Otero al considerar que con la poesía no se podía transformar la realidad, todo lo más acompañar a algunos seres humanos.
Su lenguaje es sencillo y facilita la accesibilidad de su mensaje.
Su posición ideológica ha sido resumida por algún crítico como "existencialismo solidario".
Falleció en Madrid el 2 de abril de 1984.



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