sábado, 11 de mayo de 2013

Texto de Ana María Matute


         A veces pienso cuánto me gustaría viajar a través de un cerebro infantil. Por lo que recuerdo de mi propia niñez, creo debe de tener cierto parecido con la paleta de un pintor loco; un caótico país de abigarrados e indisciplinados colores, donde caben infinidad de islas brillantes, lagunas rojas, costas con perfil humano, oscuros acantilados donde se estrella el mar en una sinfonía siempre evocadora, nunca desacorde con la imaginación...Claro  está que habría que añadir a todo eso el sonsoniquete de la tabla de multiplicar, el chirriar de la tiza en la pizarra, la asignación semanal, las lentes sin armadura del profesor de latín, el crujir de los zapatos nuevos, la ceniza del habano de papá..Y también rondan aquellas playas unas azules siluetas indefinidas que tal vez representan el miedo a la noche, y una movible hilera de insectos multicolores cuya sola vista produce idéntica sensación a la experimentada junto a los hermanos menores. Y aquellas campanadas súbitas, inesperadas, que resuenan desde sabe Dios dónde y se espera bobamente poderlas contemplar grabadas en el mismo cielo...En fin, no es posible abarcarlo todo, ni siquiera recordarlo.
         Pero lo que no existe allí ciertamente, es la absoluta comprensión del bien ni del mal. Por más fábulas rematadas en moraleja que nos hayan obligado a leer, por más cruentos castigos que se acarreen las mentiras de Juanito, por más palacios de cristal que se merezcan las pastoras buenas, la idea del bien y del mal no arraiga fácilmente en aquellas tierras encendidas y tiernas, como en eterna primavera. No existen niños buenos ni malos: se es niño y nada más.
                          
                                                                                     
                                                                                                 Ana María Matute

 Fragmento de Los niños buenos, incluido en El tiempo y Algunos muchachos y otros cuentos.





La escritora Ana María Matute Ausejo nació en Barcelona el 26 de julio de 1926. Publicó sus primeros relatos a los 16 años. El impacto de la guerra civil quedó ya reflejado en su primera novela titulada Pequeño teatro (escrita en 1943, pero inédita hasta 1954, cuando recibió el Premio Planeta). Su visión de la guerra como un enfrentamiento fratricida se manifestará en muchas de sus obras con características neorrealistas, como en Los Abel (1948), Fiesta al Noroeste (1953, premio Café Gijón en 1952), Los hijos muertos (1958, premio de la Crítica y premio Nacional de Literatura), Primera memoria (que obtuvo el Premio Nadal en 1959), Los soldados lloran de noche (1964, premio Fastenrath de la Real Academia Española), La trampa (1969) y La torre vigía (1971). En todas estas obras la mirada protagonista infantil o adolescente es lo más sobresaliente y marca un distanciamiento afectivo entre realidad y sentimiento o entendimiento. Se inician con gran lirismo y poco a poco se sumergen en un realismo exacerbado. Así sucede en El tiempo (1956), Historias de la Artámila (1961) y Las luciérnagas, siendo este último un relato sobre la posguerra cuya  publicacón íntegra se llevó a cabo  en 1993. Anteriormente, en 1954, había aparecido muy censurado bajo el título de En esta tierra.
Su literatura infantil, que ha cultivado con esmero y cariño, ha tenido una buena acogida; prueba de ello es que en 1965 obtuvo el Premio Lazarillo por El polizón de Ulises.
Después de varios años de gran silencio narrativo, en 1984 obtuvo el Premio Nacional de Literatura Infantil con la obra Solo un pie descalzo. En 1996 publicó Olvidado rey Gudú y fue elegida académica de número de la Real Academia Española. En 2000 salió a la luz su novela Aranmanoth, ambientada en la Edad Media, y el volumen Todos mis cuentos. Entre sus más recientes publicaciones se encuentra Cuentos de infancia (2002), un curioso volumen que recoge relatos y dibujos realizados por la autora durante su niñez, La puerta de la luna. Cuentos completos (2010)
En 2007 le fue concedido el Premio Nacional de las Letras Españolas por el conjunto de su obra y  en noviembre de 2010 el Premio Cervantes.

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